Observó el tablero de ajedrez, que aún presentaba la jugada de la noche anterior, y comprobó que una vez más le había dejado ganar. Siempre lo hacía, tras cinco partidas (cuatro de ellas revanchas que el muchacho suplicaba), el padre, agotado, renunciaba a su orgullo por ver sonreír a su hijo.
Aquellas partidas eran algo más que un juego, estaban llenas de charlas repletas de consejos, de chistes malos, de confesiones a veces, de palmaditas en la espalda dando ánimos... Eran como el fin de día correcto, hacía merecer la pena haberse levantado aquella mañana y vivir la jornada.

Aquellas partidas eran algo más que un juego, estaban llenas de charlas repletas de consejos, de chistes malos, de confesiones a veces, de palmaditas en la espalda dando ánimos... Eran como el fin de día correcto, hacía merecer la pena haberse levantado aquella mañana y vivir la jornada.

Entre sorbo y sorbo de café ardiente irrumpió su padre en la cocina. A diferencia de cada mañana, ésta vez no llevaba el pijama puesto, se había puesto ya el traje para ir a la oficina. Se sirvió lo mínimo de café y lo bebió de un sólo trago. Cuando acabó dejó la taza en la mesa dando un fuerte golpe y despertando definitivamente al chico. Entonces miró el tablero y enfadado como nunca lo tiró de un manotazo derribando las pocas piezas que quedaban en pie. Salió dando pisotones y dio un portazo al salir.