Qué majo Pablo

Por un momento vi la cara de mi padre, obviamente la imagen desapareció al volver al mundo real. Pablo había venido a la estación con la esperanza de que mi tren aún no hubiese salido y al verme en aquel estado se sentó a mi lado a consolarme.
-¿Quiénes eran esos dos tipos?- me preguntó cuando me vio ya más calmada. Quizá no debería haberlo dicho, pero ante aquella enorme cantidad de sentimientos llenos de confusión lo mejor era desahogarme.
-Asesinaron a mi padre.- lo solté así, sin tacto ni prudencia (algún transeúnte debió mirarme extrañado).
-¿Qu.. qué?
-Esos dos tipos me dijeron que lo asesinaron.
-Desde luego, hay gente sin corazón.- dijo abrazándome.
-¿Cómo?- me desenredé de su abrazo.
-Ah.. ¿les creíste?
-Me dieron razones para ello.
-Escucha.. es normal que intentes aferrarte a cualquier cosa..
-¡Joder Pablo!- me levanté enfadada. Cerré los ojos y crucé mis brazos agarrándome con fuerza la cintura, con miedo a romperme en dos. Suspiré, conté hasta tres y conseguí tranquilizarme.- Sabían de lo que hablaban, me dijeron que razonara y lo pensara, y que si quería saber más me pasase por esta dirección- le enseñé la servilleta que el chico me había dado.
Miró la servilleta y luego a mí:-... ¿me estás puteando?
Vi que el tren había llegado, recogí mi bolso del suelo y le arranqué la servilleta de la mano.
-¡Mañana vuelvo e iré a ese sitio!- grité subiéndome al tren, escapándome de su respuesta.

Como los turrones, vuelve por Navidad.

-¿Y tú tienes alguna chica esperándote?
-Sí.- respondí con una sonrisa.
-Debe de estar enamorado ¡mira lo rojo que se ha puesto!
No borré mi sonrisa para callar aquel comentario, Marta era realmente especial para mí.

Froté con la manga el cristal para desempañarlo y empecé a reconocer el paisaje que nos rodeaba. Los enormes pinos, las montañas nevadas y el gran lago. Hubo otro dato que me ayudó a situarme.
-Creo que se ha estropeado la calefacción.
-Pues mal vamos. Este frío lo aguantamos pocas personas.- comenté.
Mientras los demás bromeaban sobre cómo entrar en calor yo observaba las calles de mi pueblo. Estaban casi vacías, había empezado a nevar. Aproveché un semáforo en rojo para fijarme mejor en las caras de los transeúntes, a ver si reconocía a alguien. No reconocí ninguna cara pero sí el abrigo marrón claro. Me puse la bolsa al hombro y bajé del jeep cuando empezaba a ponerse en marcha sin dar ninguna explicación. Corrí los diez metros que me separaban de Marta resbalándome varias veces a causa del hielo.

Caminaba despacio, con la cabeza gacha sin importarle el frío o la nieve. Le interrumpí el paso. Cuando se encontró con mis ojos intenté dedicarle una sonrisa, pero me quedé rígido, acordándome que en aquellos dos años ella podía haber comenzado una nueva vida. Sus ojos se pusieron brillantes y llorosos, lo primero que se me pasó por la cabeza era que no quería volver a verme. Que estúpido fui, lo normal era que el chico muriera en la guerra, no que volviese a casa.
-Lo..-intenté disculparme, pero ella se abalanzó sobre mí abrazándome. Tiré mi bolsa al suelo y la abracé lo más fuerte que pude. Entonces se apartó levemente y me miró a los ojos:
-¿Y mi beso?

52

-Prometiste que me acompañarías.

Después de cincuenta años casados, tuvo que acordarse ahora.
Yo siempre cumplo mi palabra así que no me quedó otra que subirme. Llené mis viejos pulmones de aire y el olor de la tapicería me recordó 1952. Acaricié el asiento, estaba tal y como lo recordaba.
-¿Y bien?
Espera que diga mi frase.
Le miro a los ojos, le beso y Arranca el Ford.

Rusos

Dispara. Ya. Es tu oportunidad. Al estómago.
PIUM
Vaya, no ha sido suficiente. Sigue maldiciendo a mi madre.
PIUM (y esta vez directo a la cabeza)
Bien. Sigue con esa diabólica sonrisa, pero ya está muerta.
Miro a la rubia.
Creo que si siguiese viviendo me volvería un maníaco.
Miro el revólver. Abro el tambor. Una bala. Lo giro y rápidamente lo cierro.
En fin, ojo por ojo.
Coloco la boca del cañón sobre mi sien y aprieto el gatillo.
CLIC
Alzo la cabeza.
Tú dirás cuándo.
Otra vez: abro, giro y cierro.
Nebulosa: lugar donde nacen o mueren las estrellas.

Sin


Probablemente solo quedase mi rubia limpiando la barra del bar, así que me decidí.

Seguí la rutina empujando antes de leer el cartel. Nancy me reconoció a través del cristal de la puerta. Entré cabizbajo, sólo levanté la mirada una vez cerrada la puerta.
Hacía años que no la escuchaba gritar. Recordé que cerrar la puerta no servía de nada, cuando Nancy gritaba la discreción se sentía relegada.

-Buenas noches, rubia.
Intenté quitar hierro con una sonrisa, pero ante mi escasez de dientes se giró a esconder las lágrimas que parecían salir a borbotones.

Limpió su cara con el delantal y luego lo tiró al suelo.
Salió de detrás de la barra. Pude ver el rastro del rimmel en sus mejillas. Iba a abrir la puerta para dejarme, pero se volvió y se acercó.
Su mano fría calmó el dolor de algunos golpes y cortes. Cerré los ojos hasta que dejé de notarla.

Decidió hablar después de mirar durante un rato la sangre con la que se había manchado.
-No me iré.- dijo entre sollozos.
La abracé. La abracé con todas mis fuerzas pese al agujero que el policía había hecho en mi pecho.

Polaroid 600

-Yo quiero, yo quiero.- dije saltando intentando alcanzar la cámara que mi padre sostenía en sus manos.
-Vale, pero ten cuidado.
Intenté sacar la foto desde abajo (ya que mi altura no alcanzaba a mucho más) pero el mundo no cabía en el objetivo (al menos no mi concepción del mundo en aquel instante).
-No quiero. No se ve.- descolgé la cámara de mi cuello y se la ofrecí a mi padre. Él y mi madre se rieron.
-Ponte un poquito más atrás.- dijo mamá.
La miré y su sonrisa me hizo pensar que era posible sacar mi foto perfecta. Así que corrí a alejarme para sacar a papá y mamá de cuerpo entero.

Manos frías

Escondía sus manos frías bajo el jersey de punto y lana. Estiraba las mangas hasta que sólo asomaban las uñas con restos de esmalte rojo. Así entraba en calor y comenzaba sosegarse.
Pero aquellos métodos no le servían de nada, ignoraba ya si sus escalofríos eran debido a la baja temperatura o al miedo.
-Le acaricié la mejilla y sentí como su cuerpo se relajaba con un suspiro. Sonrió y yo traté de simular estar calmado devolviéndole el gesto.
-Apollé mi mano en su rodilla derecha para llamar su atención y le sonreí cuando levantó ligeramente la cabeza. Su mirada mudó y casi advertí un poco de aquella calidez que tenía hacía tres días.
-Conseguí encontrar de nuevo su risa tarareando 'always look on the bright side of life'.
- Saqué de nuevo a la luz su carácter susurrándole 'el juego'.

Hubiese bastado con cualquiera de esos gestos, mismo con un ademán de ellos. Hubiera llegado con alguna otra mueca, con silbar alguna nota. Me habría regalado una última sonrisa.

Los pequeños detalles son los que cuentan.




Los pequeños detalles son los que sacan sonrisas.

Más de cien palabras, más de cien detalles, te daría si me dejaras.

La altura me daba ventaja

Ella se agachaba tras una roca esperando el mejor momento para agujerear a mis semejantes. Yo apuntaba desde un punto un poco más alto del monte a su nuca.
Iba a disparar pero me quedé atónito al observar como posó el arma con cuidado sobre el suelo. Luego introdujo la mano derecha en su bota y sacó un cuchillo. 'Mierda' pensé, pero mi instinto no tuvo tiempo a reaccionar, ella ya había lanzado el cuchillo y me lo clavó con precisión en la mano. El dolor fue agudo, había conseguido clavarlo en algún hueso, pero conseguí no gritar más de una vez.
Ya se había formado un pequeño charco cuando la rubia vino a rematar la faena. Me restregó mi error con una sonrisa malévola. Luego me tiró al suelo, me quitó el cuchillo y me pisó luego la mano. Se agachó y me escupió.
-Sois esclavos, no guerreros.- Me extendió una mano para ayudarme a incorporarme.- No seas insensato o acabarás como van a acabar ellos.

Willy

Desde la ventana veo como los periodistas apagan sus cámaras y grabadoras para irse a sus oficinas o casas a fabricar noticias, resguardándose del frío. Dejo pasar un rato y pulso el enorme botón rojo que abre la enorme puerta de entrada y permite salir mi voz grabada desde unos diez altavoces.
Los afortunados dan tres o cuatro pasos atraídos por la curiosidad. Bajo las escaleras, cojo mi sombrero, mi abrigo y mi bastón y me dirijo a salir de la fábrica seguido de dos umpa lumpas para darles la bienvenida. Mientras, oigo mi presentación, escucho a los muñecos cantando lo fantástico que soy.
Mis botas se van hundiendo en la nieve a cada paso que doy. Me sitúo al lado de uno de los invitados y aplaudo cuando el espectáculo conluye entusiasmado por el final.
Ahora me pongo frente a ellos y me quedo parado en un silencio con una sonrisa de oreja a oreja. Inquieto, como siempre me ocurre en estas situaciones, meto las manos por todos mis bolsillos hasta encontrar mis notas. Comienzo a leer, rápido por los nervios.

Vuelvo a guardar las tarjetas y lo único que escucho son sus respiraciones heladas. Se habrían quedado sin habla ante tal grandeza.

La vida nos matará.

Pero que no nos sobre el tiempo. Pongamos sólo a valientes en nuestra historia, hagamos que ser cobarde no valga la pena. Que vivir se base en riesgos.
Hicimos de esto un juego en el que gana el que más morro le echa, inventemos nuevas reglas, de forma que vivir a las puertas del infierno no resulte tan placentero.
imgfave:

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Cuántas veces hubiera dado la vida entera por que tú me pidieras llevarte el equipaje, princesa.

¿Cómo no imaginarte, cómo no recordarte hace apenas dos años?
Ya estábamos bien acomodados en el tren de tu viaje y las mariposas seguían dentro de mi estómago. No podía evitar obsesionarmecontemplarla de reojo y sentirme honrado por sentarme tan cerca de la perfección. Mi princesa comenzó a aburrirse. Comprendí que era costumbre suya semejar una niña pequeña cuando esto le ocurría. Se convirtió en un pequeño ovillo primero, luego se movió y cambió de postura, después decidió consolarse haciendo una trenza. Cuando se cansó de su pelo empezó a observar todo su alrededor, fijándose en cada asiento y pasajero. Me tocó a mí y giré la cabeza intentando disimular, pero ya le había sacado una sonrisa, resignado y sonrojado la miré de nuevo. Ella ya estaba a otra cosa, se había arrodillado en el asiento y estaba intentando abrir la ventana con gran esfuerzo, llamando la atención de algunos viajeros. Consiguió su propósito y un viento fuerte hizo volar al pasillo el sombrero de la señora sentada delante de nosotros. Aguantando la risa se lo alcancé, pero resultó ser maleducada y me lo arrancó de las manos para irse con él a otro vagón, una vez desapareció los dos nos reímos a carcajadas. Yo me callé unos segundos para grabar aquel sonido en mi mente, para recordar siempre la belleza de aquella alegría.
Ya silenciados los dos se volvió para mirarme y comenzó a silbar una preciosa melodía. Esa fue la primera vez que sonó nuestra canción.


artpixie:

ana leticia (by ✪ patric shaw)

Mea culpa

Cualquiera que nos corte las alas será tachado de dictador.
 No obstante, hay veces que necesitamos que nos paren los pies, y aquellos que lo consigan, serán elogiados por el esfuerzo, por saber decir que no y por terminar la frase de perdidos al río con un acabaríamos todos ahogados.

Todo bien y de repente CLAC

Empujó la puerta con la bolsa de deportes al hombro y la sudadera cogida con la mano contraria. Su pelo parecía estar recogido en algo que semejaba un moño. Su cara estaba roja, y su camiseta empapada en sudor.
Dejó cerrarse la puerta sola, avanzó lo suficiente para permitir la entrada al local y se agachó para tirar todas sus pertenencias al suelo. Luego se estiró, miró al cielo ya oscuro y despejado y respiró profundamente. Apolló las manos en sus rodillas.

-¡Ey!- vocifaré con una sonrisa, vergüenza y gusto.
Llevaba planteándome aquello dos semanas. Me habían comentado que el mejor momento en el que podría hablar con ella sería después de que dejara el estrés en  el gimnasio.
Levantó la cabeza, pero su reacción no fue la que yo esperaba. Su cara comenzó a palidecerse y casi oí el CLAC que resonó en su cabeza cuando le rompí todos los esquemas.-¿Qué pasa?- pregunté.

Si no pasaron cinco minutos antes de que contestara no pasó ninguno.

-Tú.- dijo con un hilo de voz

Disfruten de su dinero.

Bullicio de salón. Vestidos de elegancia y riqueza. Pajaritas y zapatos de tacón. Mucha vida pero toda con cuento.

Una señorita fue encerrada allí por convenencia, cambiando así su vida vulgar por una adinerada. Más joven de lo que el estrés le hace aparentar, bebe champán en una copa de cristal fino y delicado aunque preferiría degustar una jarra llena de cerveza fría. Los peces gordos babean a su alrededor, provocándole repugnancia. Se limita a asentir con desinterés y a mirarse al espejo, al principio con odio, luego,cuando su memoria acogió el reflejo de su anterior vida vulgar, con una sonrisa bañada en carmín asomando por su comisura .

Pensó en alto un niño de visita al zoo.

Un anaco de cacho, de pedazo, de persona sin otro problema que las verduras de la cena. Sin clases de biología, naturales o coñecemento do medio, sólo con edad para la ingenuidad. Sin saber lo que era si quiera un mamífero.
-¡Cuántas manchas!



Sin coherencia y sin cohesión.

Señora Justicia

¿Sería todo más fácil con un fantasma que acechase, colando su alma hasta por puertas blindadas en momentos inoportunos e inesperados, encerrando al que se cruce por su camino en un gélido abrazo mientras susurra un vengativo ojo por ojo?

Malditas leyes físicas

Cogió la moneda y la dejó caer encima de la carpeta. Posó su mirada un momentito, sin expresión, no podría decir que estaba perpleja, pero aún así le comenté:
-Eso se llama gravedad.
Me echó una mirada asesina y divertida frunciendo el ceño. Volvió a coger la moneda y la dejó caer de nuevo, esta vez cazándola con la mano.
Acerqué mi mano a su hombro.
-Sigue siendo gravedad.

Respirar

Inhalar-
Aire que limpie el interior. Ocupando con alguna compañía todos los rincones manchados. Oxígeno con magia y milagros, que cure y reviva lo ya podrido.


Exhalar-
Residuos de vida. Mililitros de recuerdos y cinco gotas rojas.


Sin coherencia y sin cohesión.

Déjalo

El golpe fue seco. Seco y con una fuerza brutal. El otro boxeador cayó al suelo, inconsciente. Se supone que debería concluír el combate y nombrar al ganador, pero la humanidad de las personas no se lo permitió.
Jhon se arrodilló ante su contricante y le golpeó suacemente la cara con su guante comprobando que no reaccionaba.
El público murmuraba y algún familiar cercano soltó un grito desgarrado que hizo a Jhon girar la cabeza.
Las ambulancias ahogaron los cuchicheos con sus sirenas. El campeón se levantó y permaneció inmóvil incluso cuándo su entrenador le puso una bata sobre los hombros.


Tras recordar, Jhon se limitó a decir:
-So I stopped boxing.
-Like in movies.- respondí alegre a mi profesor de inglés.
Sus ojos se burlaron de los recuerdos prohibiendo escapar a las lágrimas.

Fleet Street

El nuevo ayudante del barbero era nueva. Y no tan nueva cómo el barbero pensaba, en realidad era Anna, la mujer del Sr. Robbinsons que tanto pasaba por delante de la barbería. Espíaba con disimulo a su amor platónico.
El Sr. Todd y su aprendiz mantenían una conversación trivial,
-What more can man require than love?- dijo el barbero en tono retórico mientras ordenaba el local antes de cerrar.
-Women.
-Ah yes women...
-Pretty women.

Lo llamaban el buque de los sueños

La esquina de la manta estaba empapada por mis lágrimas, y también parte del reposabrazos del sofá.
El Titanic se hundió en la pantalla.
El cuarteto de cuerda seguía resonando en el salón pese a la tragedia.
Rose le promtió al cadáver de Jack no rendirse jamás y luego lo dejó sumergirse en el agua helada.
Dawson, Rose Dawson.
Y el buque se reconstruyó en los sueños, a la vez que Jack. Entonces acompañaron a mis lágrimas sollozos.

Una mujer de rizos irrumpió en la habitación.
Tranquila tranquila. Que en realidad no muere. Que yo lo he visto en más pelis.

Tras unas risas y su salida, se giró la muchacha de pelo liso.
Sí, pero el Titanic se hundió de verdad.

Los puentes de Madison

Cogió algo de la guantera y yo sentí en un recuerdo su brazo rozando mis piernas. Alzó la mano derecha hasta el retrovisor y colgó de él algo.
Colgó mi cruz, y luego la sostuvo un momento en su mano. Le dió una vuelta a la cadena alrededor del retrovisor. Y dos y tres. Lentamente. Los cuatro días que había vivido con él resbalaron por mi mejilla en forma de lágrimas. Con la misma delicadeza, soltó la cruz y volvió la mano al volante.
El semáforo se puso en verde y oí la voz de Richard lejana desde el asiento del conductor: ¿A qué espera?


No sabía que se podía llorar de tal manera con una película.

En un autobús muy grande

Lleno del mundo.
Que pueda hablar en mandarín con el del asiento de delante y en suagili con el que se sienta al fondo de todo.
Y bueno, apretujémonos. Que se mezcle la cultura.

Colgad

¡Que me cuelguen los pies!


Que cuelguen acompañados.

Quiero que los pequeños detalles me saquen una sonrisa.

No hay coherencia ni cohesión.

Caída (libre y perfecta)

Había gotas que resbalaban. Otras parecían quedarse pegadas a mi chuvasquero y no caer.
La lluvia pronto se volvió aguanieve. El frío consiguió calarme.
Miré la caída que ante mí se exhibía. Había una roca enorme al final. Era un acantilado precioso y muy alto, la verdad esque la elección había sido acertada.
Me despedí del azul celeste del chuvasquero, de la lana acogedora del jersey y de las flores estampadas de mis botas de agua.
Dí un paso. Dos. Al tercero ya no pisaría rocas, o musgo, o tierra.
Decidí dar un pequeño salto en vez de seguir paseando.
Alcé los brazos. Abrí con esfuerzo los ojos.
Mi coletero salió volando, y el recogido se esfumó. Pero el pelo no llegó a  rozar mi cara, iba demasiado arriba.
Notaba latigazos de algunas ramas o de hojas que viajaban entre el viento, y también pinchazos de las gotas de lluvia clavándose en mí.
Las olas que rompían ya me salpicaban.
Ví la roca enorme, y el estado de shock frenó levemente el dolor.

Grease

Empapé el pincel en el contenido de aquel bote sin fondo. Lo saqué y lo sacudí frente al lienzo. Y voló la brillantina.
Se respiraba brillantina.
Se sangraba brillantina.
Se escupía brillantina.
Y la gravedad se esfumó. Los colores fluían sin rumbo por el estudio.
En realidad no le afectaba nada. Si algo se interponía en su camino ella lo traspasaba, cual fantasma (brillantina fantasmagórica).
Cuando me dí cuenta, había invadido la habitación. La sensación era la de encontrarse en la nada, en una nada de colorines.
El último brillantito salió del bote. Y fue entonces cuando todo volvió a su origen. Una enorme fuerza atrajo al color y a mí al bote sin fondo.
El último brillantito volvió al bote y depués de eso, llegaba mi turno. Pero el bote había llegado a su límite y la gravedad decidió volver. Yo que me hallaba flotando cerca del techo caí precipitadamente, sin darme tiempo a reaccionar poniendo rodillas y manos para no hacerme daño.
El golpe me hizo sangrar, pero esta vez la sangre ya no era ni bonita ni brillante.
Todo volvía a ser del color de la realidad. Todo dejó de ser bonito y brillante para volver a ser real.


He aquí la gracia: no hay coherencia ni cohesión.

He aquí la gracia:

No hay coherencia ni cohesión. Un urra a la palabrería.
Esta noche llevará su disfraz de pecadora, lista para volver a amar una noche. Pero no se pondrá guapa para su amante, seducirá al corazón que rompió hace unos días, con la intención de provocar celos. No se detendrá hasta que encuentre el verde amargo de la envidia.

Alicia sin un país.

Sin cartas que le atrapasen con sus corazones o picas. Sin una reina que corte cabezas a diestro y siniestro. Sin un conejo tardón. Sin té, ni sombrerero, ni liebre, ni ratón. Sin Twin y sin Twan. Alicia sin un sueño. Alicia sin ser de Disney o de Lewis Carrol. Alicia con un final triste. Alicia en la realidad.

Anonadada

Me encontraba llorando en mitad de una estación de tren, aún quedaban dos horas para que llegase el mío, pero no quise quedarme en la cafetería más tiempo. Después de que aquel chico me hubiese dicho que asesinaron a mi padre paré de procesar la información en mi cerebro, me quedé totalmente en blanco, sin pensar absolutamente en nada, oyendo sin escuchar. Comenzó a hablar el otro, me estaban asegurando que no era cierto que mi padre hubiese muerto por accidente cuándo venía a verme, que alguien lo había planeado, que aquello había sido un asesinato en toda regla. Comprendí que sabían de lo que hablaban.
Antes de irse, el chico del tupé arrancó una servilleta, anotó en ella una dirección y me la acercó. Se levantaron y uno de ellos me acarició el hombro en señal de apoyo. Yo le aparté furiosa la mano y me quedé mirando fijamente a la servilleta unos diez minutos, después de que se fueran. Metí la servilleta en un bolsillo y luego saqué tres euros del otro, los puse sobre la mesa y me fui sin acordarme de despedirme de Pablo.

La gente pasaba y me miraba, por que no tenía suficiente fuerza para aguantar mis lágrimas. Decidí bajar la cabeza y así dejaría de notar las miradas curiosas, sólo vería los zapatos de los viajeros. Pero unos pies se quedaron plantados frente a mí, cuándo me di cuenta de que no se iban a mover de allí alcé la cabeza para ver el rostro que les correspondían a aquellas piernas. La cara que vi fue la de mi padre.

Despeguen.

A la velocidad de la luz, o a la del sonido.
Despeguen hacia el infinto, o hacia la zona cero si lo prefieren.
Hagan de su viaje su sueño, el sueño de su vida. O a lo mejor quieren hacer de él un infierno, y que acabe con muerte súbita.
¿Les gutaría más un viaje por el universo o conocer la Tierra entera?
De todas maneras da igual, el caso es que viajarán.
Bienvenidos a bordo. Bienvenidos a su vida.

Cheers

Un brindis. Por todo lo vivido. Por las risas y los gritos. Por los recuerdos que nunca se borrarán.
Recuerdos de una noche de verano en una casa ocupada por adolescentes, adolescentes sin ganas de dormir.
Recuerdos de tardes llenas de conversaciones sin sentido para mí. ¡Un brindis por esas conversaciones! Que se acabarán cuándo me lea todos los cómics que me tenga que leer y me vea todas las películas que me tenga ver.
Recuerdos de enfados, de tristeza... recuerdos que olvidar. Brindo por saber llevar tan bien algunas cosas.
Y pensar que todo empezó con un San Juan y su respectiva hoguera. Brindo por el verano.

Quisera cambiar el mundo.

Sin necesidad de super poderes. Que con los pequeños detalles baste, que con las buenas acciones que haga la gente, el mundo se vea reconfortado.


Are we human? or are we dancers?

Dos hombres

Me miraban, fijamente, y ya llevaban un rato. Estaba segura de que era a mí, los de la mesa de atrás ya se habían marchado. Me dieron miedo aquellos dos chicos, pegados a la ventana con descaro y gafas de sol, pero hice caso omiso y seguí haciendo barquitos con las servilletas. Uno llevaba el pelo castaño repeinado a lo Jhon Travolta en Grease, el otro no podía, tenía el cabello negro muy corto. Los dos llevaban traje, por un momento me recordaron a la película Men in Black.
Despegaron su cara del cristal y resoplé mi tranquilidad. Pero no pude evitar abrir la boca cuando los vi entrar por la puerta. Giré la cabeza y crucé los dedos para que no se acercaran. Volví a mira atrás y venían en mi dirección, rodeados de miradas de la clientela. Se sentaron en las dos sillas libres que había delante de mí.
Se quitaron las gafas y el del tupé intentó hablar, pero Pablo vino a interrumpirle.
-¿Quieres algo más..- dijo saliendo de detrás de la barra. Ya pegado a mí añadió:-.. que los eche?
-N..no.- La voz y las manos me temblaban, los barquitos de papel se caían de entre mis dedos. Me esforcé y me relajé para mirar a mi amigo con tranquilidad.- Gracias.
Una vez que Pablo se fué, el del tupé abrió la boca de nuevo.
-Se dice que tu viejo ha muerto.- Lo dijo en tono de voz normal, y pese al silencio de la cafetería probablemente sólo yo lo escuché.
Apreté los labios y después de cavilar le pegué fuertemente en la cara.
Las miradas de la clientela se clavaban en mi cuerpo.
-Es normal.-dijo ante mi reacción. Hizo una pausa larga.- Pero bueno, no estamos aquí por que hayamos escuchado que haya muerto. Estamos aquí por que oímos que se lo han cargado.

Impulso estúpido


¿Cómo describirlo? Creo que lo mejor para que os hagais una idea sería decir que lo veía todo en blanco y negro. Y un buen día distinguí algo fugaz y rojo en la estación de trenes, manchando mi mundo.
Creo que estaba esperando a alguien, pero aquel caos me trastornó, subí las escaleras cómo una idiota, tropezándome hasta con el aire, siguieno aquella mancha. Cuando tuve que girar a la izquierda resbalé, y caí a sus pies, a los pies de la persona que se hallaba bajo aquella gorra roja.
-¿Estás bien?
¿Se estaba preocupando por mí? Si me hubiese pasado eso en el instituto me habrían blasfemado algo, o se habrían burlado de mí. Pero desde luego no se interesarían por mi estado ante aquella brutal caída.
-Sí. Per.. perdona.
-¿No te duele la rodilla? ¡Te sangra muchísimo!
Vaya. Era cierto que me sangraba, pero no me dolía. Ahora mismo no pensaba en el dolor, pensaba en por qué había tenido ese impulso de correr tras aquel chico. ¿Destino? No, aquello del destino me parecía una bobada. ¿Quizá casualidad? No, tampoco creía en las casualidades.
Él me ayudó a levantarme, con sumo cuidado, cómo si fuera muy frágil.
-¡Ay!- grité.
-Creo que te has torcido algo, será mejor que te sientes.- Rebuscó en su alrededor y dió con una cafetería.- ¿Vamos a ese bar?
-No por favor, seguro que tienes algo más importante que hacer que preocuparte por mi estado.
-La verdad es que no, estaba dando un paseo. Y..
-¿Por la estación?- le interrumpí.
-Sí. Y, además, no todos los días cae una chica a mis pies.

Otra vez en la azotea.

Conservando tu jersei tres tallas más grande que el mío, gracias a él conservaba también algo de calor en mi cuerpo. Acostumbrada a tener siempre alguien abrazándome, ahora tenía frío siempre. Y siempre estaba sóla, en aquella azotea altísima desde dónde, ya como rutina, hacía amago de tirarme, sólo para escuchar tu voz susurrarme entre la brisa marina, hablando desde las tinieblas.

Entre la habitación, tú.

Entre la penunmbra está medio cuerpo, y la mitad que falta, debajo de mis sábanas.
Entre sus labios se pierde mi café, se pierde y arde.
Entre sus dedos de la mano derecha sujeta el asa de mi taza. Entre los de la izquierda, reposa mi mano.
Entre mis huesos siento su calidez.
Pero es entre su mirada donde se esconde su peor arma.

Un simple cambio.

Allí estábamos. La guitarra, tú y yo. La guitarra estaba en tu regazo, dejando que de vez en cuando algunas notas se escapasen. Nosotros estábamos sentados en mitad de la carretera, si alguno de nuestros padres pasara por allí nos gritaría hippies de mierda. Pero nadie se atrevía nunca a interrumpir la soledad de aquel asfalto pedregoso, más que nosotros. Tú te sentabas a un lado de la línea discontinua y mal pintada, yo al otro. Y un sonido acústico comenzaba a llenar e invadir mis oídos.

Ahora el asfalto es uniforme, la línea ya no tiene imperfecciones y los coches pasan a más de 100 km por hora. Odio la actual autopista. La música de tu guitarra ha sido substituída por la contaminación acústica de los coches. La calidez de tus ojos color miel ha sido substituída por las manchas de colores de coches, pasando a una velocidad extrema.

Cálculo.

-Háganme un favor y calculen.
Calculen la velocidad de la bala que rompa su ventana cuándo el francotirador apriete el gatillo.
Calculen las plantas que hay que caer para estamparse contra el asfalto o, cuántas personas aplastarían.
Calculen los pisos que bajar para encontrarse en el portal la persona más querida.
Ahora mediten.
Mediten si sería mejor que les matasen.
Mediten si prefieren suicidarse.
Mediten si quieren seguir viviendo.
El hombre trajeado tiró su cigarrillo aún encendido desde la azotea en la que nos encontrábamos. Aún sin asimilar la situación conseguí reunir el valor suficiente para preguntar.
-¿Cuales son las consecuencias de la tercera opción?


La memoria, que esté a buen recaudo.

Estaba en la esquina del parque, tirada entre el césped y bajo un árbol. También en la plaza, disfrazada de ninja asustando a los niños. A veces incluso la veía salir del lago, de ese que estaba frente a nuestro banco, del que tiene muchos patos. Salía enfadada porque yo la había empujado.
Puse las piernas sobre el banco, apoyé mi brazo izquierdo en el respaldo, palpando la placa con su nombre, y guardé la memoria en el corazón.

Nada abstracto.

¿Y si nuestras ideas, recuerdos y personalidad no fuesen más que reacciones químicas en el cerebro?

A la defensiva

Es difícil hablar ya. Ahora hay que medir cada palabra, cada tono y cada gesto.
Te muestras a la defensiva cada vez que hay algo que no te gusta. Piensas que la gente te ataca constantemente.
Y es dificil de asimilar.

Yo pinto mi mundo


A L P I N O


-Cada uno pinta según sus valoraciones.
Esto no me gusta, pues de negro.
Esto es perfecto, lo veo todo de color rosa.
Hay quien lo ve a blanco y negro, sin grises.
Personalmente, mi mundo es granate.
¿Cómo sería un mundo sin pintar?

-No te pierdes nada, muchacho.- dijo el ciego.

Maldad.

Sé que tu corazón late, pero no late en tu pecho, en tu pecho sólo hay un agujero. Un agujero negro que todo lo atrapa y nadie sabe realmente qué hay en su interior.
Tu pecho está abierto y de él salen borbotones de maldad.
Tus ojos clavan miradas asesinas en mi cuerpo.
Tus palabras acaban causando un pitido en mi tímpano que me hace ensordecer.
Sorda, escucho tus palabras pero no las oigo.
Sólo noto el odio.
Sólo noto el rencor.



Al agua y:

Cómo si estuviésemos sumergidos en champán las burbujas subían. Nos rodeaban, nos espiaban y luego subían.
Yo me emborrachaba de tu belleza. De tus ojos y de tu mirada. De tu pelo rojo y de tu bikini rojo. De la luz que bañaba tu piel.
Los besos no se piden, se dan o se roban.
Me emborraché de tus labios y del beso que te robé.
Nudos bien atados se forman en la garganta.
El odio devora a un tiempo.
La metamorfosis se abre camino en el estómago.
Cierta rabia ahoga la felicididad.
Abrazos se hacen infinitos.
Palabras se callan para no fallar.
Love is not about how much love you have in the beginning but how much love you build till the end.

-Anónimo

Los mounstruos son reales, y los fantasmas son reales también. Viven dentro de nosotros, y a veces, ganan.

-Stephen King

Equivocados

Eran imposibles, sin un futuro claro.
Todo comenzó a ser raro, triste.
Los dos lo prometieron, los dos se equivocaron.
Crearon abrazos vacíos y mundos a parte.
Rotos, miedo y odio al encontrarse.
Se quedaron sin ese aire.
Él pedía que se nublase la mirada y ella no pedía casi nada.
Pero el miedo les consigue, el recuerdo les persigue.
Sin escuchar. Sin insistir.
Inundando ojos.
Cayendo.
Sufriendo.
Dos extraños jamás olvidados.

El club de la lucha


Nunca pensé que aquella iba a ser la solución a mi estrés y, por qué no, a mi insomnio.
Resoplaba y cogía luego oxígeno con todas mis fuerzas, ardiéndome así los pulmones. Notaba la sangre y el sudor mezclados en mi pecho, la sangre no era sólo mía, la mitad era de mi contrincante. Sentía los huesos rotos y los hematomas que se iban formando por todo mi cuerpo. Casi no podía abrir mi ojo izquierdo, probablemente acabase perdiendo visión.

Le quité a uno de los miembros la botella de cerveza y bebí un trago para refrescar mi garganta. Cuando conseguí un buen ritmo de respiración saqué un cigarrillo de la cajetilla que llevaba en el bolsillo del pantalón. Después de dar una calada y expulsar el humo le tendí la mano a mi compañero para ayudarle a levantarse.
Aquellas peleas nos hacían descargar toda nuestra ira acumulada durante la semana.
Era adictivo, no había centro de rehabilitación para los yonquis del club de la lucha.

Shakespeare in love


No podía mirarla a sus ojos de color azul claro porque estaba bailando de espaldas a él, así que miró su peinado medieval que hacía aún más atractivo, si cabe, su pelo rubio y dorado.
Siguió su vestido verde, cambiando de pareja dos o tres veces cómo el protocolo indicaba, hasta que llegó a ella. Sus ojos azules no se podían describir ni con el mejor de los sonetos y su mirada era imposible de rimar. Sonrió alzando levemente las comisuras de sus finos labios rosados, dejando entrever unos dientes comparables con perlas. Entrelazaron sus manos derechas y comenzaron a dar vueltas lentamente olvidándose de su alrededor.

Eres William Shakespeare…

Deseó saborear su voz de lo dulce que era.

… ¿El poeta se ha quedado sin palabras?

Podría haber sido peor.

Pero hubieses derramado también un cuarto de litro de lágrimas.
Porque el dolor no se puede comparar.
Porque hay gente más sensible. No hay una escala de mayor a menor dolor dónde diga cuánto puedes sufrir.
Sufrirás lo que tu personalidad quiera, sufrirás según el amor que sientas.
Pero hay un punto que se le escapa a algunos, no es lo mismo víctima que victimista.

P de pregunta.

¿La destreza escribiendo se adquiere junto con la depresión?

Lágrimas

Las lágrimas se me escapaban. Sabía que era fuerte, pero ante aquella situación sólo pude derrumbarme. La voz de mi madre se oía por el móvil angustiada. No podía ni siquiera con el peso del móvil, lo había dejado hablando sólo tirado en el suelo. No me acuerdo muy bien cómo yo también me fuí escurriendo por los barrotes hasta caer en las baldosas frías de la terraza, supongo que ante el temblor de mis piernas el equilibrio se esfumó. Pensé en todos los momentos con él, en cada uno de los años, en cada una de las Navidades, en cada año nuevo, en cada cumpleaños, en cada desayuno, comida y cena, en cada beso de buenas noches, en cada bronca y en el vacío que había dejado ahora en mi corazón.
Todos habían hecho un círculo a mi alrededor, algunos agachados, otros aún en pie, pero todos desconociendo lo que mi madre había dicho en la llamada. Mi mejor amiga cogió el móvil y se escapó un momento supongo que para hablar con mi madre y decirle que la llamaría luego. Volvió con cara congestionada y me abrazó, noté cómo sus lágrimas aparecieron y comenzaron a escurrirse por mi nuca. Ella me intentaba consolar, pero no distinguía ninguna palabra, sólo escuchaba la voz de mi padre en los recuerdos.
Mi amiga le comentó algo a los demás y se fueron de la terraza. Yo me quedé abrazada a ella, con los ojos muy abiertos, entre sollozos y respiraciones entrecortadas.
-Tu madre vendrá a buscarte en unos minutos.-Debió de pensar que estaba más calmada y por eso me lo dijo. Pero la verdad esque mi madre era la persona a la que menos me apetecía ver en esos momentos.

Esa noche sólo llevó a tres mejicanos bien vestidos y muy borrachos. (Butch Coolidge)

Entró en el taxi y balbuceó entre nerviosismo puro la dirección. Su calva brillaba del sudor, y también sus bíceps y demás músculos cuándo se quitó la bata de boxeo dorada. La taxista dio una calada antes de coger el volante, dejando en el cigarrillo la marca del pintalabios rosa. Miró por el retrovisor y vio al joven quitarse los guantes de boxeo y tirarlos por la ventanilla. Apagó la radio y se mordió el labio inferior.
-¿Es usted?
Sin parar de desahacerse de casi todo lo que llevaba encima contestó.
-¿Si soy yo quién?
-El boxeador. El que mató a uno.
Dejó lo que estaba haciendo y se acercó al asiento del conductor.
-¿Quién dice eso?
-Lo dice la radio.
La chica se moldeó un poco sus rizos castaños y siguió preguntando, esta vez con más euforia.
-Dígame, ¿cómo se siente uno al matar a alguien?
Caviló un poco, pensándose la respuesta.
-Déme uno de esos cigarrillos y le contestaré.
Apuró la cajetilla y sacó un pitillo. Él lo atrapó directamente con sus labios. La taxista sacó de su gabardina un mechero y se lo acercó.
Tras exhalar todo el humo por la ventanilla se fijó en la tarjeta con los datos de la chica.
-Está bien...Esmarelda. ¿No eres de aquí verdad?
-No. Soy cubana. Pero dígame cómo se siente.- realmente le parecía una experiencia fascinante la que aquel hombre acababa de tener.
-Realmente yo no sabía que lo había matado cuándo escapé del ring. Pero, ahora que lo sé.. -dió una calada más rememorando el combate. Recordando cada golpe y cada paso.- no me da ninguna lástima.

Y se hizo la luz.

En el hipotético caso de que esto no hubiera ocurrido, de que no hubiese sol ni  luz lunar... ¿podemos imaginar eso? Yo sólo puedo imaginar negro. Sobre ese negro siluetas negras, de personas, de animales, de viviendas. Negro de aire, negro de agua y negro de fuego. Negro sobre negro no se distingue, la verdad que es difícil de imaginar.
A veces la oscuridad me da miedo, otras me da cobijo. Ella navega por mis lágrimas y sale más tarde a flote entre mis párpados, lo veo todo negro. Pero me acoge entre sus sombras, en esos momentos me encuentro en un lugar donde es todo negro sobre negro. Os digo que no está tan mal, que se puede vivir sin luz.

Tartas.

Nos hayábamos entre edificios, buscando el final del callejón. Pregunté con una esperanza clara en mi voz: 
-¿Falta mucho?
-No. Estamos llegando.
Mi amiga no era una mentirosa, pero en ese momento no quería decepcionarme. Supongo que esa fue la razón de ponerme a pensar en tartas, tenía mucho camino por delante.
Para que la tarta salga de buen diente, hay que elaborarla con cuidado, hay que esperar a que la levadura actúe y eso lleva su tiempo. Tiempo al tiempo.
-¡Ey Marco! ¿Y tú por aquí?
Las piernas me temblaron. Aún no tenía la masa de la tarta hecha, no podía meterla en el horno así. Intenté sonreír pero los dientes me entrechocaban porque me había puesto a tiritar. ¿Qué hacer cuándo el tiempo se te adelanta?


10 razones para odiarte.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el sonido de la Fender. Distinguí cómo rasgaba las cuerdas al ritmo de shine on your crazy diamond. Era fantástico, era una fantasía que se hizo real. Su púa alternaba las cuerdas lentamente (aún nos encontrábamos en el principio de la canción).
Abrí los ojos y vi su pelo de rizos definidos y enmarañados. En mis pupilas se reflejaron sus pequeños ojos oscuros.
Su barba de tres días raspó mis labios cuándo me acerqué a su mejilla. Él sonrió y siguió tocando cómo si fuera un profesional, semejaba que se sabía la canción nota a nota.
-No puedes regalarme una guitarra cada vez que hagas algo mal.

Fuga


Abría el cajón para econtrarme los momentos grabados en las fotos, sacadas por mi antigua Polaroid.
Abría la ventana para que el viento me susurrara lo que el mar escuchaba allá por la costa.
Abría la puerta para que tu cuerpo se pegase al mío y bailásemos, al son del vinilo que hacía que el apartamento quedase invadido por corcheas.
Quisiera volver a aquel lugar.
Quisiera coger un tren exprés con destino mis recuerdos.
Quisiera darme a la fuga un ratito y rememorar los rincones que tú olvidaste ya.

Fantasías de los 16.

Si quiero ser tan alta cómo la luna, déjame mirarla y darme cuenta de que hay cosas imposibles.
Si no me gusta cantar sola, préstame un garaje para desafinar con mis amigos.
Si quiero la espada de Yoda, déjale demostrarme que para eso habría que librar batallas.
Si me gustó El Padrino, déjame jugar a crear una mafia con la familia Corleone.
Si no sé nadar, suéltame en el mar y deja que alguien distinto me socorra.
Si me gustan los cuentos de ciencia ficción, déjame tener fe en ellos.
Si tengo 16, déjame vivirlos.

Medias negras.

¿Me querrías si llevase unas medias negras? Si cruzase por un paso de cebra cerca de la estación. Llovería y yo no llevaría paraguas para que tú pudieras ser un buen caballero y me resguardaras. Te pediría fuego y los dos pensaríamos que con un colchón nos basta. Te daría la oportunidad de inspirarte un blues.


¿Y si las medias fuesen de rejilla?

Una de las muchas.

El olor de la crema hidratante invadía mi cara. La cafeína había surgido efecto y casi me impedía dormir. Sin embargo, me acordé de una situación parecida y empecé a soñar recordando.
Eran las 5 de la mañana ya hace unos años, atacada por el insomnio pregunté si hacíamos un puzzle. Me acerqué a mi habitación y lo saqué de mi baúl, volví a la de los invtados y ella ya estaba dormida. Menuda amiga, pensé. Dejé el puzzle e intenté dormir... no lo conseguí. Cuando ya me dolía el cuerpo de dar vueltas sobre un colchón duro decidí comenzar a dar codazos disimuladamente. Acabó despertándose, y yo pregunté como si no hubiese tenido nada que ver ¿Estás despierta?
Soñé con una noche de chicas hablando de chicos. Con una noche de secretos que aún no se pueden contar mezclados con una sinfonía de ronquidos de mi padre.
Me desperté orgullosa de mi memoria y de mis recuerdos.

¿Cuándo perdimos la sensibilidad?

Vemos en las noticias gente moribunda, llena de sangre y sin alguna extremidad y simplemente pensamos: qué mal está el mundo. ¿Porqué no nos retorcemos con empatía por su dolor? Quizás sea porque ya es algo normal, es algo natural que la gente muera.
Entre las palabras de la reportera escuché Al Qaeda. Supongo que matar es algo natural también.

¿Los Smiths?


No entendí muy bien lo que dijo, supuse que me saludó así que le susurré un hola. Abrí mi archivador y me puse a releer los informes que acababa de redactar.
Escuché algo a mi izquierda y me giré. Quité un auricular de mi oreja y me disculpé por no haber atendido a lo que ella me dijo.

Ah no... sólo estaba cantando.

Y comenzó a cantar con una voz que a mí me pareció celestial.

 I'm so sorry... Me encantan los Smiths.

Fue en esa fracción de segundo en la que me enamoré. En la que vi sus ojos azules y su sonrisa. En la que me fijé  en su ropa de los años 70.
Su pelo negro con flequillo recto y ondas se movió suavemente con ella para salir del ascensor.
Holy Shit pensé en alto.

Me gustan las venadas a las 6 de la mañana.

Me gusta tener el sabor del cloro continuamente en la boca.
Me gusta intentar hacer ahogadillas y salir perdiendo.
Me gusta divagar sobre expresiones cotidianas.
Me gusta pasar frío porque no hay toallas suficientes.
Me gusta ser la única que distinga la osa mayor y menor.
Me gusta ver amanecer por dos sitios a la vez.
Me gusta escalar de manera temeraria.
Me gusta ver Star Wars más amarillo de lo normal.
Me gusta quedarme dormida dos veces en una misma noche, en una postura incómoda porque somos demasiados para dos sofás.
Me gusta despertarme para enfrentarme en la cocina con la escoba.
Odio que alguien entre de improvisto en el salón y se ponga a gritar a las 11 de la mañana cuándo no he dormido más que dos horas.
Me gusta desayunar dos veces.
Me gusta fijarme en los distintos despertares de la gente.
Me gustó la acampadich. Adoré la acampadich.

Un tercero


-Imbécil, conozco la canción.- le dijo en un perfecto francés. El joven se asombró, pensó que era el prototipo niña rica que había salido a divertirse y él podía aprovecharse. Ante el error de su táctica, lo mejor sería utilizar una nueva.
-Oh, mis disculpas, pensé que eras una extranjera de esas tontitas.
-¿Ah sí? ¿Me ves cara de tontita entonces?- esto hizo que el chico se desconcertara.
-Emn.. no, no quería decir eso... am. ¡para nada!- se defendía mientras se sentaba disimuladamente al lado de ella.- Me parece... me parece que las pillas al vuelo... -Se rió y enredó un mechón del pelo de la chica entre sus dedos. Ella se apartó.
-¿Esque no lo ves? No me interesas chico.
-¿Seguro?- le susurró al oído. Con una mano sujetó las suyas y con la otra comenzó a toquetearle.
-¡Para!- gritaba ella apartándole y empujándole.
-¿Quién es éste?- un tercer personaje apareció en aquel rincón. Un chico de una constitución normal, no muy alto, pelo negro y corto, ojos pequeños y cara enjuta.

Vendetta

Tras la amenaza, sus hombres me acribillaron a balas vaciando el cargador. Dos de ellas me atravesaron, las demás sólo abollaron un poco el chaleco de metal. No pude evitar caer arrodillado, esperé dos segundos y volví a incorporarme.
-Ahora me toca a mí
Aparté mi capa negra con mi elegancia habitual y descubrí mis famosos cuchillos, comencé a lanzarlos y a atravesar órganos, músculos y huesos. Cómo prometí, me cargué a sus seis hombres antes de que pudiesen recargar sus armas. Cuándo llegué a él me disparó - ¡Muere! ¡Muere!- gritaba. De ésta vez me atravesaron las seis balas, la sangre salía a chorros pero se disimulaba entre mi ropaje negro y la oscuridad. Comenzó a sentir terror.
-¿¡Porqué no mueres!?
-Bajo esta máscara hay algo más que carne y hueso. Bajo esta máscara hay unos ideales, y los ideales, señor, son a prueba de balas.

Inception

Las proyecciones comenzaron a percatarse de nuestra presencia, ya nos habían calificado como intrusos de la mente de Fischer. Mientras notaba los ojos de las proyecciones clavándose en mi cara, notaba también los de Arthur clavándose en mi nuca.
-Nos observan.- comenté con sutileza.
Él apartó la vista de mí para fijarse en su alrededor y comprobarlo. Volvió a mirarme, ésta vez directamente a los ojos.
-Bésame.- concluyó tras ver el panorama. Sería un buen plan para distraerles un tiempo. Cerré los ojos y me acerqué, me besó suavemene, con una delicadeza máxima y pude saborear una gota del whisky que se había perdido en su labio inferior. Sólo duró unos segundos, y sin saber muy bien por qué, me quedé con ganas de más.
Me volví disimuladamente.
-Siguen observándonos.- dije sorprendida.
-Bueno, tenía que intentarlo de alguna manera.
 Apartó la vista y sonrió.
Levanté la sábana que en un pasado probablemente hubiese sido blanca, pero ahora mismo se mezclaban en ella sangre y mugre. Podría no haber pasado nada, podría ser que el cuerpo que había debajo no fuese el de ella. Podrían haberse equivocado, pero no lo hicieron. Reconocí su cara. Pese a las quemaduras, pese a a la sangre y pese a que sólo tenía medio rostro y ningún ojo, yo era capaz de recordar e imaginar su belleza en aquel cadáver. No me atreví a ver el resto del cuerpo, hubise vomitado igual que Ham hizo unos segundos antes.
El señor que estaba junto a la camilla me miró y yo asentí, bajó la sábana por mí.
Tessa, ¿quién fue el desgraciado que se llevó tus ojos miel?
El Jardinero Fiel.

Persecución

Gritaba continuamente que acelerase, y de vez en cuando rompía la rutina y me daba indicaciones de hacia dónde dirigirme. Yo pisaba el acelerador, miraba de vez en cuándo el retrovisor y comprobaba que continuaban siguiéndonos. Las sirenas sonaban y se clavaban en mis oídos junto con sus gritos.

Seguía esquivando árboles cuándo un barranco apareció.
-¿¡Qué hago, qué hago?!- le chillé histérica. -¡Esto se acaba!
-¡Sigue! ¡Acelera!
Le hice caso, aterrorizada por lo que pudiera pasar. Iba a la velocidad más rápida que podía, los árboles empezaron a desaparecer para dejar que aquel enorme acantilado gozase de ser temido por su grandeza. Aquello se acababa, estábamos casi en el borde.
-¡Frena!
Frené en seco, por suerte los cinturones de seguridad cumplieron su función. Los policías no pararon y salieron volando entre gritos desgarrados. No pude evitar echarme a llorar.
Comencé a respirar entrecortadamente. Llegué a la magnífica conclusión de que el aire no era suficiente en aquel coche y salí de él, pero ni todo el oxígeno del mundo me llegaba para respirar. Él también salió del coche detrás de mí y descubrió entre mis lágrimas un ataque de ansiedad. Me abrazó y tranquilizó. Cuando empecé a respirar normalmente enredó sus manos en mi pelo y me besó. Sentí su barba de tres días rascándome y su nariz respingona hundiéndose levemente en mi mejilla.
-No entiendo por qué no aprobaste el examen de conducir


Hablando del 10 de julio

Los focos hacían subir la temperatura al menos cinco grados más en el escenario. El pobre poeta no paraba de sudar, pero conservaba aún su facilidad para rimar cicatriz con epidemia .
Las cuatro chicas le miraban con sus ojos llenos de ilusión, canturreando todas sus canciones, alzando las manos y uniéndolas para seguir el ritmo de su música. Al finalizar cada canción sólo se les escuchaba ''Grande Sabina, grande''.

No era más que un concepto, una gran confusión para letrados cómo ella que se apuntasen a clase de matemáticas. Siempre, siempre que no le daba el resultado de una cuenta, o en su defecto le daba muchos resultados y todos distintos, allí estaba él , con una risa diabólica y malvada. Siempre le restregaba que había fallado las operaciones por su culpa. Se llamaba infinito.
Más tarde, comenzó a darse cuenta de que le sacaba de apuros, cuándo no sabía el resultado le plantaba a su profesor de matemáticas un ifinito enorme, con una sonrisa en la cara, pensando con su mente gallega ''malo será'' y repasaba una y otra vez sus curvas regordetas con el bolígrafo de marca Bic.
El concepto infinito y la alumna se aliaron, y le demostraron a las matemáticas que una chica de letras también sabía contar.
-¿Ah sí? ¿Sabes contar hasta infinito no? Entonces, ¿qué número es anterior a él?
Resignada contestó que con contar se refería a los cuentos.

Comienzo

Rita anotaba los datos del coche, un Volkswagen blanco con matrícula LMW 28IF...
-Perdona, -alguien le tocó el hombró para llamar su atención -¿a caso está mal aparcado?
Ella se giró para contestar y deslumbró al joven melenudo. No se podía decir que Rita fuese un bellezón, pero sin embargo Jhon podía afirmar que era su tipo.
-Sí, lo está. De ahí la multa Jhon.
-Vaya ¿te conozco?
-No, pero tú y tu grupo sois bastante famosos en el barrio, a pesar de sólo tocar música insrumental, sois bastante buenos... -Mientras Rita decía todo ésto Jhon la observaba minuciosamente: sus labios, sus ojos, su pelo, sus manos, sus zapatos... -Pero por muy famoso que seas, la multa te la tengo que poner igual.
-Sí... sí claro. -dijo desconcertado, ya que sí que se había percatado de su dulce voz, pero no de lo que ésta decía. Sin pensarlo mucho,  Jhon le arrancó de las manos el papel a Rita y se lo guardó en el bolsillo. -Entonces, ¿te gusta nuestro grupo?¿a pesar de que no te guste la música sólo instrumental?
-Pues... sí... -dijo Rita retrocediendo en su mente comprobando que éso ya lo había dicho hace unos segundos.
-Esque la verdad no queríamos que fuese instrumental, pero Paul y yo sólo sabemos hacer los coros, necesitábamos a un vocalista principal pero no lo encontramos. Así que si conoces a alguien que esté interesado.. -Jhon hablaba muy rápido, nervioso, no quería que aquel momento se acabase y haría lo que fuera por alargarlo.
Rita miraba de un lado a otro perpleja, vergonzosa, sin saber muy bien si contarle una verdad.
-Yo estoy interesada. -contestó aparentando seguridad en sí misma.
Ésto último le dió a Jhon su oportunidad.
-¿Ah sí? Vaya.... ¿Me lo demuestras en un karaoke? -Rita rió, y a Jhon le encantó su risa.
-Está bien, ¿conoces The Cavern Club?
-Claro.
-¿Quedamos allí a las ocho y me invitas a algo?
-Me encantaría. -se sinceró.

Ayudando a Vulcano

-Capitán. - dije antes de transportar cada una de sus células. -¿En el caso de que algo salga mal...? -dejé la pregunta en el aire, esperando órdenes y temiendo por la vida de mi amigo.
-Ya ha salido algo mal. -dijo resolviendo mis dudas, aclarándome que no había opción, que esta vez era como tantas otras, a vida o muerte. -Active los transportadores.

Precuela ENTERPRISE

¿De qué me hablarás esta noche?

Acariciaba sus párpados con una toallita, dejándola negra. Aún no había acabado de desmaquillarse los ojos cuándo un TOC resonó en la habitación indicando que algo había atacado la ventana. Se acercó a abrirla, con naturalidad, sin miedo, ya sabía quién iba a estar al otro lado.
-Bajo ahora- le susurró al camuflado en la oscuridad.
Ella acabó de asearse y para despejarse cubrió su cara del agua helada que llenaba sus manos. Se puso una bata blanca, con flores rojas estampadas. Se calzó sus zapatillas marrones disfrutando del roce del terciopelo con sus pies. Bajó y abrió la puerta que daba a su jardín.
Él estaba al pie del limonero, acostado, dejando que su pelo se mezclara con el césped y algunas flores silvestres. Sus manos se entrelazaban sobre su pecho. Llevaba sus deportivas viejas, ya manchadas de tantos partidos, y su pijama azul de ovejitas que a ella le encantaba. Se acomodaba entre las macetas de las flores de colores, colores imposibles de distinguir a las tres de la madrugada, pero que ellos ya habían memorizado a los cinco años puesto que aquel jardín había sido el escenario de todas sus aventuras.
-Bu. - dijo ella interrumpiendo con su rostro la vista de las estrellas. Sujetaba su bata con fuerza, bien con el objetivo de no tener frío o bien con el de que no se descubriera su pijama tan rosa.
Él quitó sus manos de su torso para que ella pudiera apollar la cabeza.
-¿Qué tal la fiesta?
-Bien, pero prefería tu compañía.
-No podías faltar al cumpleaños de Isabel y pasarte la tarde conmigo. Le sentaría mal.
-Está bien. - Carecía ya de fuerzas para discutirle nada.- ¿De qué me hablarás esta noche?
-Pues la verdad hoy lo tenía pensado.
-¿Sí?- se sorprendió.
-Pretendía hablarte de mis sentimientos...creo.
-¿Cómo que crees?
-Es un poco vergonzoso... No son cualquier clase de sentimientos además, hablaría de mis sentimientos hacia tí.
-Vaya, promete...- No estaba segura de querer saber tal cosa.
-Sólo si quieres- dijo acariciándole el pelo.
-Habla.- sentenció.

Tormenta mortal

Podría decir que las vistas eran fabulosas, maravillosas, fantásticas, excepcionales, mágicas, estupendas, prodigiosas… pero me quedaría corta. El mar estaba tan cerca que casi podía acariciar su oleaje, el olor de la salitre me invadía y las olas rompían de vez en cuando, combinando su ritmo con el de Eric Clapton que sonaba lo más alto posible en la mini-cadena del salón al lado del que nos encontrábamos. Mereció la pena cerrar los ojos y experimentar más intensamente todo aquello.



Hacia el final de la tarde comenzó a refrescar en la terraza. Unas nubes grandes, negras y esponjosas cubrieron el cielo. Pronto una gota calló sobre mi pie descalzo que sobresalía del balcón, después de esa gota de aviso cayeron millones de ellas fuertemente con el objetivo de atravesar mis piernas, las recogí y agradecí que aquello estuviera cubierto. El mar comenzó a picarse rompiendo fuertemente contra todo lo que encontrara, mezclándose con el estruendo de los truenos que indicaban la proximidad de la tormenta y subiendo hasta lo más alto de los acantilados. La luz de los relámpagos contrastaba con la profundidad oscura de la mar.

Me di cuenta de que no sólo yo estaba callada, un silencio aterrador invadía la terraza a excepción de Eric Clapton, que dejó de sonar cuándo la luz se fue. Aquello semejaba una película de terror, de hecho creo recordar que alguien bromeó muy oportunamente “¿Quién será el primero en morir?”. Interrumpiendo las carcajadas mi móvil sonó con el piano melancólico de Yan Tiersen, era mi madre. Supongo que la cara me cambió totalmente cuándo me notificó que mi padre había muerto.

Viva

Vivan los vestidos.
Viva mi fijación con los lunares.
Vivan los vestidos y faldas con vuelo.
Viva la combinación de gris y rojo.
Viva la tez pálida.

Mañanera

Cualquiera que se metiera esta mañana en mi mente Dios sabe qué pensaría, tal vez ''qué guay se cree, se piensa que está metida en una película y que todo gira en torno a ella''. Puede que sí, de esas historias que tienen final feliz, que pasan malos ratos (pero que muy malos), fracasan, incluso a veces están al borde de la muerte, pero el final feliz existe. A lo mejor me dió por pensar así porque me parece la manera más adecuada, la manera más adecuada para salir adelante o porque siento que así hay algún objetivo en todo esto, aunque sea el simple hecho de averiguar que pasará al día siguiente.
El caso es que todo esto me hizo darme cuenta de todos los detalles, hasta de los más pequeños. Me llevó a observar, a fijarme en absolutamente todo: el ruido de la plancha, el dolor de mis encías por el cambio de temperatura con la leche de la nevera, la voz cansada de mi madre acabada de despertarse en el piso de arriba, los grumitos del cola cao flotando que serían abordados por mi cuchara, las galletas magulladas recorriendo mi esófago y que la madre de Phineas y Ferb salió en sus años mozos con Doofenshmirtz. Y a valorar todo esto, a valorar que bajen a la cocina a gritarme con acento venezolano ''¡Buenos días chuchi!'' sonriéndome dándome cuénta de que importo, subiéndoseme la autoestima de una manera bestial.
Me sentí cómo una idiota. Me sentí feliz.